MCP, UCP y ACP son siglas que se han ido incorporando progresivamente al discurso tecnológico del sector hotelero a medida que avanza la adopción de la inteligencia artificial. A continuación, profundizaremos en ellas para entender qué representan, qué papel desempeñan en este nuevo escenario y por qué están empezando a ganar protagonismo en las conversaciones sobre distribución y tecnología, aun tratándose de un terreno que sigue siendo incierto.
Y es que, cuando se aborda la irrupción de los asistentes de inteligencia artificial en la distribución hotelera, el relato comercial suele construirse sobre una premisa recurrente: la supuesta necesidad de que cada hotel adapte su funnel de reserva directa a este nuevo contexto. Una afirmación con importantes matices que conviene analizar con cautela, aplicando —como casi siempre en tecnología— lógica y conocimiento del sector, para no caer en anticipaciones mal calibradas que acaben convirtiéndose en un paso en falso, con un coste innecesario tanto en recursos económicos como en tiempo.

¿Qué son los protocolos de contexto?
Los protocolos de contexto son especificaciones técnicas diseñadas para definir cómo un asistente de inteligencia artificial se comunica con sistemas externos con el fin de obtener datos estructurados y ejecutar acciones de forma más eficiente. Salvando las distancias, pueden entenderse como una analogía funcional de los archivos sitemap en el SEO: no generan el contenido ni la inteligencia, pero facilitan a los sistemas automatizados —en este caso, los asistentes de IA— el acceso y la interpretación estructurada de la información relevante.
En la actualidad, las propuestas que concentran mayor atención dentro del ecosistema tecnológico son:
- MCP (Model Context Protocol), desarrollado por Anthropic (Claude), de carácter abierto y con una adopción creciente dentro del ecosistema independiente.
- UCP (Universal Control Protocol), la apuesta de Google, integrada en su propio ecosistema y respaldada por bases de datos verificadas ya consolidadas como Google Business Profile o Hotel Ads.
- ACP (Agent Communication Protocol), impulsado por IBM, con un enfoque más orientado a entornos corporativos y casos de uso empresariales.
Es importante entender que ninguno de estos protocolos consume tokens por sí mismo, aunque sí los genera de forma indirecta cuando un modelo de IA interactúa con la información que exponen. El consumo de tokens se produce cuando el asistente incorpora esos datos externos a su contexto interno para razonar —lo que cuenta como tokens de entrada— y cuando genera respuestas a partir de ellos —tokens de salida—, un coste que aumenta cuanto más extensos y detallados son los contenidos (inventarios completos, reglas tarifarias, políticas, etc.) y que se multiplica en flujos conversacionales con llamadas repetidas. En cambio, ni el estándar técnico, ni el endpoint, ni el intercambio previo entre sistemas consumen tokens: un PMS puede responder a MCP sin coste hasta que un LLM interpreta esa información. Esta distinción es especialmente relevante para el sector hotelero, porque más contexto no implica necesariamente mayor eficiencia: las plataformas que controlan el acceso a la IA tienen incentivos claros a minimizar el consumo de tokens y, en la práctica, tienden a priorizar información agregada o inventarios ya integrados a nivel plataforma frente a protocolos individuales de cada hotel.
Quien haya trabajado con usos profesionales de la inteligencia artificial, más allá de tareas básicas o modelos de tarifa plana, conoce bien el concepto de los tokens y su impacto directo en costes y límites operativos. En el contexto de los modelos de lenguaje (LLM), los tokens son las unidades mínimas de texto que el modelo procesa para entender y generar lenguaje, y constituyen uno de los factores clave que condicionan tanto la arquitectura técnica como las decisiones estratégicas de las plataformas que los operan.

¿Por qué hay que ser cautelosos a la hora de aplicarlos en el ecosistema tecnológico actual?
El problema —y a la vez el mayor riesgo— de centrar la estrategia y el presupuesto en la adopción de un protocolo de contexto es que los tres principales modelos del mercado persiguen objetivos similares, pero no son compatibles entre sí. El estándar que termine imponiéndose dependerá menos de su excelencia técnica que de quién controle las plataformas con mayor base de usuarios. Es el patrón clásico de cualquier guerra de estándares: Betamax contra VHS, Amiga vs. PC, cartucho contra CD-ROM. No gana el mejor, gana el más distribuido. Apostarlo todo a un único protocolo, con la alta inversión que implica, resulta cuando menos temerario en un momento en el que no existe todavía un vencedor claro.
Es cierto que los asistentes de IA reducen drásticamente el tiempo de exploración —de días a horas—, lo que representa una mejora tangible para el usuario. Sin embargo, no alteran de forma sustancial la lógica del proceso de decisión ni el lugar donde se materializan las reservas. Además, el modelo de negocio en las fases bajas del funnel sigue sin funcionar, ni para OpenAI ni para Google. Y ese déficit es, fundamentalmente, un problema de las plataformas, no del hotelero.
Afirmar que los negocios que implementen hoy una infraestructura MCP estarán automáticamente mejor posicionados cuando los asistentes dominen el descubrimiento automático es una analogía seductora, pero conceptualmente débil. En el SEO, el estándar ya estaba resuelto: Google era el árbitro indiscutible. En el ecosistema actual de protocolos para agentes de IA, el estándar todavía está por decidirse. Esto no invalida a MCP como apuesta de futuro, pero sí convierte en ingenuo presentarlo como una certeza estratégica cuando, en realidad, sigue siendo una hipótesis entre varias en competencia.
A día de hoy, los asistentes de IA no pueden garantizar información fiable de disponibilidad y precios en tiempo real, lo que genera incertidumbre en el usuario y lo empuja de nuevo hacia los canales tradicionales que ya conoce. Y el mecanismo que está resolviendo esa limitación no exige que el hotel implemente nada. Booking.com y Expedia llevan meses integrando directamente sus inventarios con ChatGPT y otros asistentes mediante acuerdos que los hoteles individuales no pueden replicar. Cuando la fase de consideración se traslade de forma efectiva al entorno de la IA, lo más probable es que se resuelva mostrando resultados de intermediarios con datos estructurados, inventario masivo y precios en tiempo real. Exactamente el mismo patrón que se dio con Google: el canal directo logró visibilidad, sí, pero compitiendo en desventaja frente a intermediarios mejor preparados y con mayor capacidad de negociación.
Conviene recordar que el HTML semántico y los datos estructurados de schema.org llevan años siendo estándar y constituyen hoy la base sobre la que los LLM construyen sus respuestas. La gestión activa de Google Business Profile alimenta directamente al asistente de Google con información verificada. La presencia en plataformas de reseñas que los asistentes ya consultan de forma sistemática construye autoridad que se transfiere a las respuestas generadas. Son decisiones con impacto demostrable ahora, no supeditadas a que un determinado estándar técnico termine imponiéndose.
Que la inteligencia artificial transformará la distribución hotelera no está en discusión. Pero si atendemos a datos reales, conviene observar el estudio de SparkToro y Datos (Semrush) publicado en 2026, que desmonta —al menos en el uso de ordenadores de sobremesa y portátiles— uno de los mantras más repetidos recientemente en el sector turístico: el supuesto auge de las búsquedas con IA. Un artículo que ya hemos tratado anteriormente y que puede consultarse en el siguiente enlace.
En la era de la inteligencia artificial, puede que no gane quien sea más visible ni quien disponga de más capas técnicas, sino —como ha ocurrido históricamente en la distribución hotelera— quien entienda mejor la lógica del sistema y administre con mayor criterio sus recursos. Quien tenga inventario, reputación y acuerdos sólidos con las plataformas que el usuario ya utiliza. Preparar la infraestructura técnica es una apuesta legítima. Presentarla como la única estrategia posible o como una garantía de competitividad futura es una simplificación excesiva que el hotelero prudente debería evaluar con todos los matices sobre la mesa.
